El colegio, el acoso.

Os voy a contar una historia personal. Va a tomar su tiempo, así que poneos cómodos.

 

La primaria.

Mi madre es profesora de Primaria. O maestra, como la llaman sus alumnos. Desde que comenzó a trabajar como profesora siempre ha estado trabajando en colegios que no han sido los que tenían mejor fama, ya sea porque le tocó o porque lo elegía ella. En lo que se conoce como zonas deprimidas.

También mi madre, por conveniencia, nos matriculó a mis hermanos y a mí en el colegio que ella estuviera. Era más fácil montarnos a todos en el coche juntos, ir al colegio y esperar después de clases a que mi madre terminara lo que tenía que hacer para volver a casa juntos a comer. Por esta razón mis primeros recuerdos de colegios son bastante peculiares.

Mis compañeros de clase eran en su mayoría hijos e hijas de gente con muy pocos recursos sociales, hijos de drogadictos, gitanos y de la calaña que te puedas imaginar. Hoy día también se suman hijos de inmigrantes a este recuento, pero en mis tiempos aún no habían llegado. La mayoría de mi clase tenían al menos un familiar en la cárcel y solía ser por tráfico de drogas o por delitos relacionados con ella. No era raro tampoco que muchos de mi clase hubieran perdido algún familiar cercano, o cuyo familiar estuviera irremediablemente caído en la droga o suicidios. Desde las ventanas de un lado del colegio era posible ver un primer plano de un conocido lugar de pinchauvas. Este era el nombre con el que se les conocía a los yonkis. Desde esas ventanas podías ver cómo entraban y cómo salían. Vimos varias veces ese sitio incendiado. Era casi como un espectáculo morboso. No diré la de veces que mi madre y sus compañeros denunciaban a la Policía para que ésta se pasase para al final no solucionar nada.
En otra ocasión, otra clase por otro lado del colegio fue testigo de cómo una mujer saltaba al vacío desde un cuarto piso. Resultó ser la familiar de un chico del colegio, el cual no asistió a clase por unos 10 días.
Los adolescentes liantes y los drogadictos entraban de noche en el colegio y más de una vez y más de dos nos encontrábamos con cosas saqueadas o quemadas.
Los profesores tenían que hacer pruebas de piojos cada 6 meses porque la higiene para muchos niños (y sus padres) sonaba a palabra extranjera.

También había gente normal, claro. Gente de muuuuuuuuuuuuuuuuy pocos recursos, pero que lo hacían lo mejor que podían y cuyos niños y niñas tenían una infancia pobre, pero eran queridos, bien tratados y cuidados.

Después de esto os podéis imaginar cómo era mi clase, ¿cierto? ¿Cómo podía ser con todo este prólogo? Pues seguro que os esquivocáis. Siempre he sido de esta típica niña que sacaba la mejor nota de la clase. Estudiar para mí no requería esfuerzo alguno. Me gustaba leer, me gustaba escribir, así que no tenía problemas con las tareas ni con las notas. Y me portaba bien, mi madre se aseguraba de ello (qué tragedia sería que los hijos de la Jefa de Estudios fueran unos tunantes). Y nunca recibí acoso, insulto o malas palabras de esos compañeros. Compañeros gitanos que no sabían ni hablar bien, ya no digamos escribir. Compañeros de clase con el culo inquieto y que no sabían atender al profesor. Lo que viene siendo una clase difícil. En esa clase alguien como yo era respetada. Ayudaba a mis profesores con esos niños, me decían “Siéntate con el Chiri y estate pendiente que hace la tarea”, o “Ayuda a Rosa y Carmen a corregir su dictado y a que vean las faltas que tienen”. Y  nos divertíamos. Era una más, una más que sacaba buenas notas y que no por ello era diferente.

Cuando cumplí los 11 años mi madre tuvo que cambiarnos de colegio. Como ya no quiso llevarnos al nuevo colegio al que estaba destinada nos cambió al colegio que más cerca nos pillaba de casa para que pudiéramos ir andando por las mañanas. Y nos trasladamos a un colegio del centro de la ciudad.

El cambio fue muy impactante para nosotros. Nuestro anterior colegio era ENORME, tenía un montón de patios, de edificios y de instalaciones al exterior. El colegio nuevo tenía un patio nimio que compartíamos con 300 alumnos. Todos apelotonados en el recreo. Nuestro anterior colegio estaba en una zona pobre, con pocos recursos y muchos alumnos con problemas. En el colegio nuevo, los padres traían a sus hijos en coche y no en pijama y de la mano. Los niños y niñas venían todos aseados, peinados y con olores a colonia de Nenuco; no con ropas rotas, viejas y sucias en muchos casos. Eran puntuales. Eran aplicados en clase. La dificultad de las tareas aumentó y ya me costó un poco de esfuerzo el seguir teniendo notas excelentes.

Y fue aquí cuando experimenté por primera vez el acoso.

Lo recuerdo como algo extraño, nunca me había pasado que alguien me insultara por sacar buenas notas. Nunca me había pasado que el saber las respuestas del tirón fuera visto como algo malo o algo de lo que reprocharme. Tampoco me había pasado nunca el que las chicas se insultasen unas a otras a las espaldas y el que no se podía confiar en ellas. Me costó unos 3 meses de adaptación entender esta nueva situación, y también encontrar a alguien que podía llamar amiga sabiendo que no me iba a apuñalar a las espaldas con cosas hirientes. Acostumbrada como estaba a criarme en un ambiente en donde todo era en tu cara, donde si alguien tenía problema contigo te soltaba un sopapo o un insulto y se arreglaba ahí y en ese momento, todo esto me resultaba raro.

La mayoría de esto me lo hicieron las chicas. Con los chicos no tuve problemas. Precisamente porque con los chicos era más fácil: ¿un insulto o toque de culo? Un guantazo. Ya no hubo más insultos, ya no hubo más intentos de tocar culos. Hice amigos y no tuve problemas con ellos nunca más.

Estuve 2 años más en ese colegio y luego nos pasaron al instituto.

 

El instituto (Secundaria).

En el paso a Secundaria nos mezclaron con gente de otro colegio. Digamos que no era un mal colegio, pero tampoco era el colegio “pijo” del que veníamos.

Esto trajo otra dinámica en las clases, y fue ahí cuando me di cuenta de algo: la mediocridad.

No me peleé con nadie jamás pues no me hizo falta. Aunque mi pinta de “niña de bien” (buena estudiante, con gafas, físico poco agraciado) llamaron la atención de algunas gitanas/tunantas que querían ser las líderes de la manada, en el momento en el que descubrían que yo no me callaba o yo no me quedaba quieta aguantando palos y que tenía la lengua tan afilada o más que ellas, me dejaban en paz. Igual con los chicos.

Sin embargo es en este período cuando peor lo llevé lo de los insultos de “empollona”, de “niña lista”, de “chupaculos” y todo lo que se os pueda ocurrir sobre niños que sobresalen en las notas de clase. Los recibía casi a diario y casi en cualquier asignatura. Pero ¿sabéis lo más curioso? No los recibía por parte de aquellas personas que eran los descastados, los tunantes o los que suspendían todo. Recibía esos insultos por parte de los mediocres.

Compañeros de clase que sacaban un 7 y que luego veían mi 9 y me insultaban. O que en clase de Educación Física no podían hacer tantas vueltas como yo. O que era capaz de leer de seguido sin problemas o escribir sin faltas de ortografía.

Conforme avanzaba de curso en Secundaria, me fueron poniendo en la clase de los “descastados”. Es decir, esa clase problemática que aglutina a un montón de gente que o bien son repetidores o bien son los que suelen ser expulsados temporalmente de forma habitual. Esto era porque yo no elegía Religión como asignatura, sino la alternativa que hubiera y eso hizo que me pusieran en esas clases (por cómo en el instituto organizaban las clases).

Os lo imagináis: alguien como yo que sacaba notas muy buenas con gente que era habitualmente expulsada. Pues otra vez: no tuve problemas en esos 2 cursos con nadie. No me insultaban. No me trataban como a un bicho raro. Incluso muchos de ellos me pedían ayuda para estudiar o con los apuntes. Incluso me ofrecían drogas varias gratis por las molestias y la ayuda (sí, era la forma de pago que tenían… *suspiro*).

Por aquel entonces yo tenía ya mi grupo de amigos externo a esas aulas y veía que el patrón en mis amigos se repetía: aquellos que eran destacados recibían insultos por gente mediocre. Recuerdo que a uno de mis amigos que era más metalero y que se estaba dejando el pelo largo lo llamaban “La Princesita de Oro” por su melena y pelo rubio. Y yo os digo que qué envidia debían de tener de su pelo, ya hubiera yo querido en esa época haber tenido un pelo la mitad de bonito que el de él, que con las hormonas habían hecho que mi pelo se convirtiera en un estropajo.

Menos mal que ya más o menos cuando llegó Bachiller y me metí en el de Ciencias de la Salud/Tecnológico la cosa se acomodó un poco: los que querían seguir estudiando duro acabamos todos juntos en la misma clase y ya no se veía eso de ser “el que tiene mejor nota” como algo malo, sino como a algo a envidiar. Nos ayudábamos más entre nosotros, nos divertíamos más en las clases de apoyo a las que fuimos juntos. Aquellos que no tenían muchas ganas de seguir estudiando dejaron de hacerlo, o los que querían terminar Bachiller lo hicieron en el de Ciencias Sociales/Literatura.

 

¿Por qué os cuento todo esto?

No sé si lo sabéis, pero hay un caso que últimamente en España está agitando un poco las cosas en los medios sociales y es el suicidio de un niño de 11 años por acoso escolar. ¡11 años! Esto me hizo pensar en lo que viví y en lo que sé que pasa en las aulas de boca de mi madre. No son más que experiencias anecdóticas que no valen para mucho, pero me hizo reflexionar y pensar sobre mis propias vivencias.

Independientemente de si los profesores hicieron algo o no, sé por parte de mi madre que en muchos, MUCHÍSIMOS casos están atados de brazos y piernas para hacer nada. Mi madre por suerte no tiene muchos casos de acoso en su colegio, pero los ha tenido. Y es un problema mucho más difícil y complejo de solucionar por parte de los profesores. ¿Que pueden hacer algo? Sí, sí pueden. El problema es: ¿les dejan hacerlo? En muchos casos no. En otros… bueno, todos seguro que tenemos nuestra ración de recuerdos de profesores incompetentes.

Pero esto es algo que va más allá de las aulas. Va más allá de lo que pasa en las casas de los alumnos. Va por la educación en general y la visión de la sociedad / comunidades.

Cuando estás en un lugar con mucha gente sin recursos, que lo tienen difícil cada día, el que tu hijo salga estudioso, que tenga buenas notas y que se porte bien es motivo de orgullo. No sé bien por qué, pero es así. También, en honor a la verdad, este tipo de gente si ve que sus hijos tienen algún suspenso tampoco son de tirarse de los pelos. Pero cuando les “salen buenos”, el orgullo por sus hijos es infinito, su hijo destaca en algo bueno y positivo.

Y por otro lado, cuando me encontré en un colegio en el todos tenían recursos, que vivían sin tantas dificultades, se espera que tu hijo tenga buenas notas. O que al menos sea capaz de aprobarlas todas. Y si tu hijo es de los mejores, pues “es lo que tienes que hacer, estudiar”. Es un cambio de mentalidad que acaba en la mediocridad: muchos niños y niñas acaban en la mitad de la tabla y ven aquellos que sacan buenas notas como gente que se sobrepasa. Un poco hablando en términos de videjuegos, que son unos tryharders. Y que eso es algo malísimo de la muerte de ser porque te hace destacar. Y destacar es malo en el mundo de la mediocridad, especialmente si destacas por encima, no por debajo.

Es curioso cómo aquellos personajes de la clase que se portan mal, que suspenden, que son expulsados, etc; tengan mejor reputación que aquellos que sacan buenas notas y que en general se portan bien (o normal, como niños normales). ¡Cómo se atreve el empollón a sobrepasar la mediocridad de la clase! No, es mejor humillarle, hacerle sentir mal porque alguien es mejor que tú en los estudios. No sea que se crea el mejor, no sea que se crea superior, no sea porque el tiempo y dedicación al estudio merezcan la pena.

Se necesita un cambio de mentalidad, una forma nueva de ver cómo alguien que destaca en algo no sea visto como algo malo. Ya sea en las aulas, en los videojuegos, en la cocina, pintando, cantando, … en cualquier cosa. Buscar la excelencia y no la mediocridad.

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One response to “El colegio, el acoso.

  1. Es lo que tiene la gente que quiere destacar, hay dos maneras o te esfuerzas mucho y sobresales o intentas hundir a los demás para destacar, yo también tengo mis propias vivencias sobre estos temas pero sin duda, cosas como esta me las dejo bien clara.

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